De Madrid al Cielo

CielosdeMadrid

Con chaquetón azul de pana fina y zapatos de charol, Adolfo desgasta las calles del centro de Madrid: de Plaza Mayor a Preciados, de Preciados a Arenal, de Arenal a yo qué sé; este singular personaje, cual viejo tiovivo, recorre el centro sin cesar con su peculiar bombín inglés y su pajarita de terciopelo rojo.

Adolfo, ese portento de hombre elegante y educado para la época no escatima en brillantina para el pelo cuando se trata de ser galán, una buena ducha de Old Spice o Heno de Pravia terminan de decorar este fino y exquisito gusto por la elegancia.

Cuando pasan las señoritas junto a él éste les sonríe y con un gesto, al más puro estilo “galán de los años cuarenta”, se quita el sombrero haciendo una reverencia. Nuestro buen Adolfo tiene una afición: saltar sobre cualquier charco de agua que ve a su paso, da igual si es grande o pequeño si está inmaculado como un lago cristalino o si es un estercolero. Adolfo salta sobre todos los charcos que se encuentra y sonríe, creyendo que mata al tiempo.

Mientras Adolfo camina hacia Plaza Mayor a la caza de más charcos se encuentra con Gertrudis y la saluda como todas las mañanas con una reverencia Real. Gertrudis, con abanico y peineta digno de sevillana de postal, vende castañas asadas al pie de la Plaza; es una mujer frondosa, entrada en carnes, lo más curioso es ver su culo desparramándose por los bordes de su pequeño banco. ¡Ah!… Se me olvidaba: es verano y estamos a 38 grados, pero eso a Gertrudis no le importa, ya que para ella es la mejor época del año por la falta de competencia; y por mucho calor que haga ella cree firmemente que nadie se puede negar a unas castañas asadas. En eso se acerca Agripina con su perro Fifí, bueno no es que ese sea su nombre pero para mí todos los perros pequeños y de ojos saltones tienen ese nombre. Agripina tiene un problema de temperaturas y todos los días se acerca a Gertrudis para comprarle un cono de castañas, ataviada con ropa de invierno de los pies a la cabeza, botines de lluvia, medias térmicas y traje de lana, con su bufanda gris de los martes y su gorro con una pluma muy a lo cabaret. Cuando llega al puesto se quita los guantes de piel e intenta calentarse las manos con la parrilla, la gente de vez en cuando la mira extrañada pero ella siente frío, ¿y que le va a hacer? Saluda a Gertrudis, que hace siempre la misma pregunta “Qué, ¿mucho frío?” A lo que ella siempre contesta lo mismo: “No sabes el trabajo que tuve para dormir que ni con la calefacción al máximo paraba de tiritar”. Después de ese breve pero intenso intercambio de impresiones meteorológicas Agripina sigue su camino con Fifí y su cono de castañas; Gertrudis seguirá desparramando ese cacho culo que Dios le ha dado mientras caen más compradores destemplados.

Agripina, como toda mujer rica y mayor que no tiene nada que hacer, va a tomar un café con porras a “Los Dos Hermanos”; y no es que así se llame la cafetería, sino que  ¿quién recuerda primero el nombre del café antes que el de los camareros?

Los dos hermanos son unos tipos muy curiosos: rubios sólo de coronilla y regordetes hermanos de Torrelavega tienen un problema insalvable, uno es musulmán y el otro judío, no me pregunten por qué, ni yo mismo lo sé pero eso es así. Siempre están discutiendo de religión, intentando poner de su lado a comensales y tertulianos que se pasan por ahí de cuando en cuando. Agripina, que no está de acuerdo con ninguno de los dos pero sin dudarlo se los llevaría para casa, se termina su café con porras y con una cándida sonrisa paga dejando de propina medio cono de castañas asadas. “¡Ya le vale a la pija de los cojones!”, y empieza la discusión. Pero no se asusten porque esto mismo pasa todos los días desde hace 12 años. Alberto, el cerrajero que se encuentra con su nieto Fernandito tapándole las orejas por lo que se avecina, grita efusivamente “¡Me cago en la santísima! ¿Esto qué es? Todos los días lo mismo, ¿que no veis que hay niños como mi nieto escuchando?” A los hermanos les da igual y siguen su disputa personal, Alberto limpia los morros de su nieto que acaba de coleccionar su tercer taco: “¡Me cago en la santísima!”, y lo soltará nada más llegar a casa. Alberto le ata el cordoncito de un zapato y paga, Fernandito se escapa de la mano de su abuelo, va corriendo al charco de agua más cercano que encuentra y salta sobre él mientras su abuelo con las manos en la cabeza blasfema al cielo otro taco más.

Me supongo que mucha gente trata de matar al tiempo en esta ciudad.

No sé si sea yo el raro que se topa con estas historias o si sea que vivo en una ciudad rara, llena de asesinos del tiempo. Lo único que sé es que nadie puede negar que los mejores atardeceres son los Madrileños.

Texto por Bruxoluz, gracias.

Anuncios

  1. Marbagoro

    Yo conozco otra ciudad también con “asesinos del tiempo”…..
    Coincido en lo de los atardeceres, me gustaría estar ahora mismo ahi!!!!!!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: